
En el debate contemporáneo sobre la seguridad pública y el aumento de la criminalidad, las miradas suelen dirigirse de inmediato hacia la ineficacia de los sistemas policiales, la crisis económica o las deficiencias del sistema judicial. Sin embargo, la criminología y la psicología social coinciden en que la raíz más profunda de las conductas antisociales no se encuentra en las calles, sino detrás de las puertas del hogar. La ausencia de supervisión y la falta de una disciplina familiar afectiva se erigen hoy como los predictores más alarmantes de la delincuencia juvenil.
La familia es la primera y más importante escuela de socialización del ser humano. Cuando este núcleo primario abdica de sus funciones de guía, protección y control, deja un vacío que suele ser llenado por los riesgos del entorno urbano y digital, empujando a los jóvenes hacia un abismo de vulnerabilidad legal y social.
Psicólogo y Coach Fernando Pineda
Supervisar no significa perseguir ni espiar; implica que los padres conozcan dónde están sus hijos, con quiénes se relacionan, cuáles son sus intereses y cómo invierten su tiempo libre. La investigación sociológica demuestra que los adolescentes que carecen de este acompañamiento diario experimentan una desconexión emocional profunda que interpretan como abandono.
Este vacío de control físico y digital produce tres consecuencias inmediatas:
El segundo gran pilar de la crianza es la disciplina, entendida como el establecimiento de límites claros, normas coherentes y consecuencias lógicas ante su transgresión. En los hogares de jóvenes en conflicto con la ley, la disciplina suele fallar por situarse en alguno de los dos extremos patológicos:
Desde la perspectiva del desarrollo cognitivo, el cerebro de un adolescente se encuentra en plena remodelación, especialmente la corteza prefrontal, encargada de medir los riesgos, controlar los impulsos y tomar decisiones racionales.
La supervisión y la disciplina actúan como una «corteza prefrontal externa» provista por los padres. Cuando este soporte falta, el joven queda a merced de la impulsividad biológica de su edad. Sin un código ético interiorizado a través del refuerzo familiar, la capacidad de sentir empatía por las víctimas de sus actos disminuye notablemente, facilitando la transición hacia delitos más graves.
NECESITA A MAMA Y A PAPA
Es fundamental evitar la estigmatización absoluta de los padres. La falta de supervisión no siempre responde a la negligencia voluntaria. En contextos de pobreza y exclusión social, las jornadas laborales extenuantes de los progenitores obligan a que muchos niños se críen solos.
Cuando esta realidad familiar coexiste con un sistema educativo deficiente que expulsa al alumno, y con barrios desprovistos de oportunidades recreativas o laborales, la delincuencia deja de ser una simple elección individual para convertirse en una trágica vía de subsistencia o pertenencia.
LA FAMILIA Y LA DELINCUENCIA | ¿cómo influye la familia en la delincuencia?
Los enfoques puramente punitivos que se limitan a endurecer las penas y encarcelar a los menores han demostrado ser insuficientes y, a menudo, contraproducentes, al funcionar las prisiones como universidades del crimen.
La verdadera solución pasa por la prevención social y el fortalecimiento familiar. Los Estados y las comunidades deben invertir en políticas públicas que ofrezcan escuelas para padres, redes de apoyo psicológico para hogares desestructurados, programas comunitarios de ocupación del tiempo libre y tutorías para jóvenes en situación de riesgo. Salvar a la juventud de la delincuencia requiere, obligatoriamente, devolverle a la familia las herramientas para volver a ser el refugio protector que toda sociedad necesita.

Psicólogo y Coach Fernando Pineda VIDEO – ANGEL MORALES –

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Fuente: lavoz
